martes, 5 de abril de 2016

Atardecer

Creo que pocas veces nos damos cuenta de lo extraordinaria que es la vida…
De nuevo. Creo que pocas veces pongo atención a las pequeñas grandes cosas que me regala la vida.

Pocas veces me concentro en mantener mis ojos y mis oídos bien abiertos como para percibir la grandiosidad de los pequeños detalles.

Pocas veces me concentro en la magnificencia que conlleva la sonrisa de un niño. En lo sincero que puede ser un perrito, en lo exquisito que guardan las lágrimas de mi hijo.

Pocas veces me dispongo a escuchar plenamente los rayos del Sol y  menos todavía en el calor que arroja sobre mis pies una bella poesía.

Pocas veces disfruto como un manjar una tortilla caliente, un café dulce, un baño de agua helada.

Sí, pocas veces me dispongo a disfrutar de la vida tal cual es.
Y me he perdido de muchas cosas por este descuido. Me he perdido sin querer de ser testigo de varios milagros…

Pero este fin de semana algo distinto sucedió en mí. No sé decir a qué se debe, pero estoy segura que algo me abrió, quizás a fuerza, los ojos, los oídos, el alma y el corazón. Porque pude ver. Pude escuchar, pude sentir, pude vibrar.

Vi claramente como un puño de tierra se transformó en un exquisito pastel, vi como los huesos de un seco árbol se transformaron en calidez.
Vi a un pequeño niño convertirse en hombre al entregar su dolor y angustia al fuego abrasador que purifica todas las heridas y lamentos.

Vi como un niño jugando a ser hombre se transmutó en un padre amoroso y paciente.
Vi como una flor se convirtió en el obsequio más hermoso que un pequeño regala con su corazón.

Escuché como el amor pudo transformar el miedo en acción.
Escuché también un canto tenue enredado en un cuento, amenizando un bello atardecer.

Escuché una reflexión y ¡¡carajo!! Un regaño amoroso también, que acomodó mis ideas motivando mi iracundo caparazón.

Escuché a Sabines apasionado en una voz que seduce mucho más que mi esqueleto y escuché también cómo se quemaban de a poco alguno que otro lamento.

Vi, sentí y escuché el fuego eterno del amor completo y fui testigo de cómo un leve acontecimiento puede transformar en paz mi corazón aventurero…


No sé qué sucedió. Todo y Nada a la vez. Nunca y Siempre se unieron  en mi cuerpo por primera vez. Luz y Sombras, Sol y Oscuridad, Frío, Viento y Fuego se enredaron y entre todo esto me enredé, me perdí y me encontré con una consigna, envolviendo un deseo, irradiando una promesa… “Siempre que tú vengas… yo estaré”


Galhamar Ryg


Imagen: Fotografía Galhamar Ryg 

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